Con 26 años es el jefe de contenidos de Estacionline. Genera más de 20 millones de visitas y no para de sumar seguidores ¿Quién es Bernardino Zaragoza?

La nota no arranca en una redacción. Arranca en Lavalle, en lo que Bernardino Zaragoza llama su segunda casa. Él y el grupo la bautizaron hace tiempo como El Monte Sagrado. Suena a joda privada con pretensión mística, pero también suena a lugar real: un living donde se cae a pensar, a editar, a bajar ideas a tierra, a discutir proyectos que todavía no tienen forma.
Berni llega con la campera al brazo, deja el café donde puede y arranca a hablar sin sentarse. No porque esté apurado: porque no funciona quieto. Gesticulación permanente. Las manos “dibujan” cosas en el aire como si estuviera armando planos. A veces termina una frase y se ríe solo, como si se hubiera escuchado desde afuera.
«Si no muevo las manos siento que me quedo quieto», dice, y lo dice en serio.
Tiene 26 años. Nació en Rosario. Vivió acá hasta los 5, se fue a Entre Ríos y volvió a los 10. Después vinieron más idas y vueltas —Roldán, Santa Fe, la región— con la sensación constante de que quedarse quieto es perder tiempo. Desde los 14 trabaja en la industria: diseño, foto, producción, audiovisual, comunicación, campañas.
Hoy es jefe de contenidos de Estacionline. Integra Indicoop. Es cámara en MZN Audiovisual. Trabaja en producción con estructuras como All In Producciones. Acompaña proyectos desde Podapp. Participa en experiencias interactivas y videojuegos para marcas con mosh (sin ser cabeza del proyecto). Y sostiene Sioh, que está mutando de agencia a estudio creativo / de arte. En paralelo labura con agencias, marcas e influencers. Este último tiempo, además, estuvo metido de lleno en Converge, el Foro Rosarino de la Construcción, y en una seguidilla de móviles: autos, eventos, festivales, artistas, calle.
Pero si lo dejás hablar, lo primero que te dice no es un cargo. Te dice un rasgo.
“Yo vivo en el caos” (y no es pose)
—Cuando no querés explicarte diez minutos, ¿qué sos?
—Mirá… hoy es difícil explicarlo sin que parezca una lista. Y encima me da bronca porque queda como “mirá todo lo que hago” y no es esa, te juro. Pero bueno: para ahorrar tiempo me defino como creativo. Soy fotógrafo, diseñador, productor, animador, filmmaker. Laburo en publicidad. He dado charlas en comunicación política. Soy jefe de contenidos en Estacionline. Estoy metido en Indicoop. En MZN soy cámara. Sioh es mío y lo estoy transformando, no quiero que siga siendo “agencia de contenido para redes”, quiero que se convierta en estudio creativo, casi estudio de arte. Con mosh hacemos experiencias interactivas y videojuegos para marcas en eventos. Y después estoy en Podapp, doy una mano ahí. Y en All In también. Y con agencias. Y con influencers. Y con un montón de proyectos donde termino haciendo lo mismo: comunicación y contenido, pero en distintos lugares… y con distintos equipos… y todo al mismo tiempo.
—O sea: caos.
—Sí. Yo vivo en el caos. No tengo horarios. No tengo rutina. No tengo procesos. Me fascina la adrenalina. Amo laburar con el agua en el cuello. A veces hasta me la fabrico. Te juro que hay algo de eso que me hace rendir más. Es como… no sé… si no está la presión siento que no aparece la idea buena. Y encima tengo un problema: no sé decir que no. Me dicen “che Berni, ¿estás para…?” y no terminaron de hablar que yo ya dije que sí. Pero no por quedar bien, eh. Pasa que me aburro cuando es siempre lo mismo. Me fascina meterme en procesos cortos, nuevos. Cuando algo se torna automático me siento enjaulado. Yo soy así desde chico. De nenito me aburría todo el tiempo.
—¿Y la parte “lucidez” dónde está?
—Está cuando se prende fuego todo. Porque ahí yo no colapso. Y esto a la gente la vuelve loca. Porque piensan que me da igual. Y no me da igual. Lo que pasa es que yo ya me hice el quilombo antes. En mi cabeza. Nadie lo sabe, pero yo ya vi todo lo que podía salir mal. Entonces cuando pasa algo malo… yo ya lo tenía procesado. Pasa que soy muy estoico. Me resbalan las cosas. Y eso afuera se lee como frialdad, como “este pibe no está ni ahí”, pero no, yo estoy recontra ahí… solo que no me sirve quebrarme. Porque si me quiebro yo, se quiebra todo.
El mapa: Rosario, Entre Ríos, vuelta y el laboratorio Funes
—Nacido en Rosario, te vas, volvés… ¿qué te dejó ese mapa?
—Que no me banco la jaula. Literal. Nací acá, viví hasta los 5, me fui a Entre Ríos y volví a los 10. Después Roldán, después me fui a Entre Ríos de nuevo, después Santa Fe a estudiar y dejé a los ocho meses para venirme de vuelta porque yo ya estaba laburando. A mí me cuesta muchísimo la idea de “me quedo quieto en un lugar”. Yo necesito moverme. Y sí: es un problema también, porque te vuelve medio tiro al aire. Pero es mi forma.
—¿Y Funes?
—Funes fue clave para laburo y para vida. Ahí metí mi primer pie fuerte. Es como un laboratorio, posta. Si haces algo y pega, se nota. Y si no, también. No hay filtro. Yo me curtí ahí. Laburos chicos como fotógrafo y después Estacionline, un programa de radio… ahí fui agarrando calle. Y de ahí se abrió todo.
Estacionline: del texto a mandar criterio (y ahora, poner la cara)
—Tu rol hoy en Estacionline es pesado. ¿Cómo llegaste?
—Arranqué como todos escribiendo. Después produciendo. Estuve a cargo del equipo durante mucho tiempo. Y ahora soy jefe de contenidos. Pero ahora además me pasa algo nuevo: estoy poniendo más la caripela. Me toca estar adelante. Yo estuve años atrás de cámara y sin querer me empujaron a estar adelante cubriendo cosas. Pero con una vuelta: yo no soy un movilero tradicional. No me interesa el “hola, estoy acá”. Me interesa narrar, armar un formato, que sea contenido de verdad. Y sí, está bueno… porque también te da exposición. Y es lindo que te reconozcan, obvio. A todo el mundo le gusta el trato distinto.
—Hasta que se vuelve un problema…
—Claro. Está buenísimo hasta que interfiere entre tu vida y tu laburo. A mí me encanta que me pidan fotos, obvio, es hermoso. Pero si ya no puedo juntarme tranquilo o ya me limita, no suma. Y además… seamos sinceros: después estás solo en tu casa y los millones que te ven no te preguntan cómo andás. Esa es la realidad. Entonces yo lo disfruto, pero lo mido.
Volumen real: oficio, calle y años encima
—A los 26, ¿cuánto tenés arriba?
—Arranqué a los 14 en serio. Primero piezas de diseño, foto. Después se fue escalando. Tengo más de 100 videoclips. Laburé en películas, series, pero no quiero nombrarlas. Hice una banda de cosas. Y campañas políticas… más de 70. Y eso te curte. Te obliga a entender gente, tiempos, rosca, presión. Y esto también te come. Es un camino recontra solitario.
—TEDx.
—Sí, fui el orador más joven de la región, por 2018 creo. Hay fotos. No me acuerdo bien la fecha exacta. Pero sí, estuve ahí. Y es loco porque yo no me siento “orador”. Yo siento que soy un tipo que hace. Pero bueno, me tocó.
Afuera del país: Uruguay, Punta del Este y “otro idioma”
—Campañas afuera del país.
—El año pasado hice mi primera campaña fuera del país. En Uruguay. Punta del Este. Política. No quiero decir para quién. Pero llegué hasta ahí.
—¿Qué cambia cuando el juego no es local?
—Que el poder se siente distinto. Y que tenés que hablar otro idioma. No por el acento: por el código. Y además… hay cosas que allá pasan que te hacen entender rápido que no estás en un cumple. Ahí aprendés a medir lo que decís. A entender que una frase puede abrir o cerrar una puerta. Y también aprendés a ganar pulseadas sin hacer quilombo. En un momento yo gané una pulseada fuerte… y fue raro, porque yo venía de momentos de mierda en mi vida y de golpe estaba ahí, con otro trato… y te pega. Te pega porque te das cuenta de que podés jugar.
Converge, autos, festivales, artistas: estar donde pasan cosas
—Último mes: ¿qué te tuvo tomado?
—Converge. Es un proyectazo. Foro rosarino de la construcción. Evento grande, marcas, sponsors, estrategia, influencers, cobertura… no es “hacer un post”. Tenés que operar todo un ecosistema. Y al mismo tiempo estuve metido en el mundo automotor, eventos, coberturas, festivales, artistas. A mí me gusta estar donde pasan cosas. Me gusta el movimiento real.
—Tenés cercanía con músicos, pero no hay fotos.
—Porque no me gusta caretear. Odio el caretaje. Cuando asoma, me voy corriendo. Obvio aprovecho cosas buenas que vienen con eso, pero lo hago para sumar, no para decir “miren a quién conozco”. Además… después estás solo. Y la gente que te mira no es tu gente. Entonces no me interesa vender pertenencia. Me interesa laburar.
Podapp y “Yo Resuelvo”: cuando el contenido se vuelve resolver
A diferencia de otros proyectos que viven en la vitrina del “lanzamiento”, Podapp aparece en su relato como una herramienta de trinchera: tecnología con calle, pensada para conectar personas con soluciones concretas. De ese universo salió “Yo Resuelvo”, una plataforma impulsada para canalizar solicitudes y necesidades ciudadanas —con una lógica simple: entrar, pedir, ordenar, resolver.
El punto no es el nombre. El punto es la obsesión detrás.
—¿Qué te atrae de ese tipo de proyectos?
—Que resuelva. A mí lo único que me importa es que resuelva. Que la gente lo pueda usar. Que sea simple. Que conecte. Que no sea una app linda y nada más. Yo odio cuando algo está hermoso pero no sirve para nadie. Me mata.
Política: el pibe que sacaban de clase (y la graduación que parece una escena)
—Vos decís que nunca estuviste en un partido… pero te buscaban.
—Sí. En la secundaria me sacaban de clase distintos partidos para que me sume. Nunca entré. Me invitaban, me insistían. Y yo no. Yo siempre estuve cerca, observando, escuchando. De hecho algo muy gracioso es que en mi graduación no me llevé el diploma de mejor compañero ni nada de eso… me llevé reconocimientos de los distintos partidos del pueblo donde estudiaba. Todos. Es rarísimo, sí. Pero muestra algo: yo siempre estuve metido… sin casarme con nadie.
Y ahí cambia el tono. Como si lo político se volviera accesorio frente a algo que de verdad le quedó adentro.
—De todos modos, más allá de los reconocimientos… siempre me voy a llevar en la cabeza a Fede. El mejor profesor de la historia. Fede Goroz. Profe de ética… nos dio otras materias también. Creo que me tocó en filosofía, no recuerdo bien, pero… ay por Dios, qué tipo centrado. Qué tipo. Es de esas personas que te ordenan la cabeza sin darte un sermón. Te queda. Y te queda para siempre.
—¿Te gusta la rosca?
—Me encanta saber. Me encanta entender. Me mueve. Pero no quiero que me confundan con política partidaria. Yo laburé para todos, sí, pero nunca estuve en un partido. Estoy embarrado porque laburo en comunicación.
Hacerse el boludo: ver todo, decir poco
—Tenés fama de hablar poco en reuniones.
—Sí. Hablo lo justo. Me encanta observar. De hecho, cuando una marca me llama por primera vez, yo miro quién tengo al lado. Los analizo. Casi clínicamente. Capaz hablo poco, pero te estudio. Y cuando llego a mi casa ya sé todo de vos. Prejuzgando, analizando… es así. Y me encanta hacerme el boludo. El que no sabe nada. Porque así veo todo.
—O sea: sabés más de lo que mostrás.
—Sí. Tomo más decisiones de las que se imaginan y sé más cosas de las que tengo que saber. Pero no me sirve mostrarlo. En este mundo, si abrís la boca de más, te cagás la vida. Y yo quiero caminar sin sentir que me pueden pegar un tiro. Si me dijiste algo, muere acá.
“¿Conocés al círculo rojo?”
—Pará… ¿vos conocés a todo el círculo rojo? Sea político o empresarial.
—No sé… conocer… ¿qué es conocer? Yo conozco a los que están conmigo. A los que comparten mesa. A los que laburan. Que yo les dé servicios es otra cosa.
—¿Te estás haciendo el boludo?
—Y… puede ser.
—¿Por qué?
—Porque “conocer” es una palabra tramposa. Te mete en un club. Y yo no juego a pertenecer. Yo juego a laburar.
—Dale, estás.
—Mirá… ¿y vos a cuántos conocés?
Ambos callamos y pasamos a otro lado.
Camuflaje, disfraces, bohemia: el yo personal
—Hay algo tuyo que no es laboral: el camuflaje.
—Sí. Cada día que me levanto veo qué disfraz me pongo, con cuál quiero encajar. Y ojo: no me gusta pasar desapercibido. Me gusta llamar la atención. Lo sé medir. A veces peco de extravagante porque hay algo lindo de no encajar. Y mis findes son normales… pero el viernes cambia todo. Me voy con músicos, a la bohemia, a escribir canciones. Me gusta escuchar historias de gente que no conozco. Me gusta eso. Me alimenta.
—¿Te importa lo que opinen de vos?
—Sí. Obvio. Si no me importara, no me dedicaría a esto. Laburo mucho para mi niño interior. Me importa. Lo que pasa es que aprendí a medirlo. Porque si dependés de eso… te mata.
La parte que duele: costo personal y la noche del hambre
—¿Qué te costó este camino?
—Todo. Salud, vínculos, tiempo, estabilidad, autoestima. Todavía no están todos los patitos en fila. Vivo con stress, aunque haga chistes. Es difícil relacionarse conmigo. Soy particular y estoy obsesionado.
—Contame una escena donde casi largás todo.
—Caminé 20 kilómetros porque no tenía para el colectivo. Iba con una mochila. Hacían 40 grados. Era mi tercer día sin comer. Pasé por un súper y vi cómo tiraban una prepizza vencida. Me escondí, intenté llevármela… y me fui. Debía meses de alquiler, comía azúcar con sal, estaba enganchado de la luz, morfaba una o dos veces por semana, me había separado. Estaba mal. Al otro día cerré un negocio que me acomodó la realidad. Y ahí entendés algo: si no te movés, te come el mundo. Quemé mis barcos temprano. No hay camino para atrás.
Lo que odia, lo que defiende (sin maquillaje)
—Una estafa elegante del marketing.
—Meta Ads. Lo odio. Odio las agencias de CM. Detesto todo lo que sea pautar. Si tenés que pautar para que tu producto sea bueno, estás haciendo mal las cosas. Falta historia. La gente se olvidó de contar historias. Por eso me gusta la publicidad vieja, la de la tele, la que se pegaba. Obvio que pautaban, pero era otra cosa.
—¿Qué métrica te importa de verdad?
—La plata, la conversión, la repercusión en la calle. Que pase algo real. Que se comente. Que lo sientas.
Futuro: familia, éxito, trascendencia
—¿Te imaginás formando una familia?
—Sí. Sueño con eso. Pero hoy está lejos. Yo apuesto todo a los proyectos. Todo.
—¿Qué miedo te empuja?
—Ser irrelevante. Ser olvidable. Muero si algo no tiene trascendencia. Becker decía que tenemos formas de negar la muerte… religión, legado familiar, y arte. Y el arte es la que más me vuela la cabeza. Si hago algo y no llega a ningún lado —ni siquiera a mí— me mata.
—¿Qué querés en 24 meses?
—Más exposición. Laburo mucho para muchos y poco para mí. Me tengo que dar más amor. Y quiero reconocimiento. Suena banal, pero me hago cargo. Me gusta. Y quiero más. Más. Más. Más.
Cierre — Los gigantes
Fueron más de dos horas de charla. Seguíamos en el Monte Sagrado, como si no existiera el reloj. Ya había oscurecido. Berni se levantó, me dijo que me iba a presentar a los gigantes.
Salimos.
¿Qué son los gigantes?
Berni nunca lo explicó del todo.
Me dijo que son los que te abrazan cuando estás solo, y me señaló los árboles.
Todavía no termino de comprender si está loco o no. Quizás sea algo que nunca entienda.
Pero ahí estaban.
Volvimos a entrar. Se hizo otro café. Se prendió un cigarro y quedó en silencio.
Nunca me pidió grabarlo.
Nunca me preguntó cuándo salía.






